Alguien definió una vez a Madrid como "la ciudad que nunca duerme", y al parece esa suerte de apellido logró franquear toda frontera hasta hacerse famoso, tanto que la capital ha conseguido ser la única ciudad española que atrajo en 2009 más visitantes que en 2008. Un gran reclamo, sin duda, que nada más pisar suelo madrileño se revela como una afirmación mucho más profunda y consistente
Madrid es para los niños que buscan la pura diversión, para los jóvenes que viajan solos o acompañados, para los menos jóvenes que disfrutan con las urbes eternas, para los más entrados en años en busca de viejas y nuevas sensaciones. Nuestros estudiantes apenas necesitan unos minutos para quedarse fascinados con Madrid cuando les llevamos a dar un paseo; ya perciben su sabor en los aledaños del campamento, recorriendo el Parque del Oeste y las avenidas del distrito universitario, y enseguida les invade el deseo de dejarse caer por todos los rincones de la capital.
En Madrid las visitas obligadas ya no pueden contarse con los dedos de dos manos; vale la pena concederse un puñado de días para recrearse con cada descubrimiento, con cada paso dado sobre las grandes arterias -la calle Princesa, la Gran Vía, el Paseo del Prado o la Castellana-, o bien sobre los vecindarios con encanto que siguen haciendo de la capital un pueblo grande, como el señorial Madrid de los Austrias, el barrio de las letras, los eclécticos Lavapiés y Malasaña, o el clásico Chamberí.
El verano es una estación ideal para acudir al parque del Retiro y encontrarlo en todo su esplendor, bullicioso y palpitante, como un pequeño universo, igual que otros puntos neurálgicos como la bella Plaza de Oriente, la Mayor o la Puerta del Sol, desde donde brotan más calles míticas -Preciados, Alcalá, Arenal- acertados caminos para alcanzar, por ejemplo, la Milla de Oro en el barrio de Salamanca o el Paseo de Las Artes y sus imponentes museos.
A los alumnos más mayores les llama siempre la atención la agitada noche madrileña, repleta de actividad y personajes novelescos que le dan a la ciudad un perfil literario de gran valor, noche que no se diferencia del día en cuanto a que la oferta cultural y gastronómica se mantiene intacta, como si el paso de las horas fuera algo inocuo. Qué decir de los teatros, los cines antiguos, las mil tabernas históricas, la salas de mil músicas en vivo, los comercios más genuinos... A Madrid nunca se viene sólo una vez: se la conoce mejor en pequeñas dosis.