La llaman aún Capital del Turia, a pesar de que su río fue casi desterrado del cauce urbano tras castigar a los habitantes con tremendas riadas y crecidas. Se la conoce también como la Ciudad de las flores, por sus infinitas zonas verdes y ajardinadas que conserva desde que fueran construídas hace siglos por los musulmanes. Pero Valencia es algo más que naturaleza; alberga con orgullo portentosas piezas arquitectónicas, una gastronomía de fama mundial, fiestas populares incomparables y un clima suave como pocas ciudades tienen.
Aunque las Fallas consiguen colmar la ciudad de gentes allá por marzo, Valencia goza también en verano de una popularidad creciente entre visitantes nacionales y extranjeros. El sol mediterráneo la embellece y templa, abrillanta sus calles con elegancia, hace que la vegetación omnipresente adopte un verde casi de piedra preciosa; los edificios emblemáticos no se cansan de recibir invitados, desde la famosa Lonja de la Seda al Mercado Central, sin olvidar el legado en forma de iglesias o torres dejado por tantas culturas -la romana, la árabe, la visigótica...-, un formidable contraste con la arquitectura más vanguardista presente en Valencia, cuyos máximos estandartes son los edificios de la grandilocuente Ciudad de las Artes y las Ciencias, un lugar sin parangón donde pasar horas mágicas.
Es un privilegio poder alimentarse culturalmente de un modo tan sublime y hacerlo gastronómicamente mediante joyas de la cocina mediterránea como las que se sirven ininterrumpidamente en Valencia, más sabrosas si cabe durante la época estival: la paella y sus cien recetas, cada cual mejor, los arroces al horno o a banda, la fideuá, la deliciosa y mítica horchata, el zumo exprimido de las naranjas autóctonas o el refrescante cóctel conocido como Agua de Valencia, que se obtiene mezclando el jugo de éstas con cava.
Valencia es otra ciudad latente y de movimiento perpetuo; las magníficas playas siempre albergan bañistas y amantes del astro rey, incluso cuando cae, sobre todo en noche mágicas como la de San Juan, cuando las hogueras brotan sobre la arena y son sobrevoladas por los más intrépidos. Durante ésta y cualquier otra, Valencia destila una dulce agitación, en los cafés y las terrazas, el paseo marítimo, las plazoletas llenas de nens, los jardines encendidos... Una ciudad en la que cada hora o minuto merece ser paladeado con calma y emoción.